Verdes valles, colinas rojas. Ramiro Pinilla

verdesvalles(Calificación 8,7/10*)

Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, que indaga en el origen y en la cultura vasca. Sin olvidar la vocación mítica de esta narración, que intenta reconstruir la historia de Euskadisaga, es a la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo. Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre.

-Lo han querido los patronos! –dice Isidora.

-No se mueve una sola paja en el mundo sin el permiso de Dios –dice el viejo.

El hombre la maleta acerca una silla a la mesa y se sienta y pone unos papeles encima y dice:

-Pero sucede, abuelo, que Dios está demasiado lejos para cruzar con él las espadas y hemos de hacerlo con los patronos.

-Todos vosotros sois tan soberbios como Satanás, que se rebeló contra el Señor –dice el viejo-. Los buenos siervos deben acatar su voluntad.

El viejo tiene razón, porque la madre siempre dice lo mismo que él. No sé por qué Isidoro está en contra de su padre.

-Fulgencio Ferreiro –dice Isidoro-, nunca olvidaré tu nombre, porque necesito cargarme de razón para seguir luchando por nuestra causa común. Las minas son de los patronos, pero nunca mueren en ellas. (pg. 169).

 

-con que empleamos la violencia contra otros, ¿eh? –dice Isidora-. ¿Acaso no es violencia hacernos trabajar por un jornal de hambre? Pero, ¡claro!, lo hacen muy religiosamente; entre misa y misa nos dicen: “Nadie os obliga a reventaros por este jornal. Tenéis libertad para rechazarlo. Somos tan pacíficos que incluso os permitimos morir de hambre libremente si rechazáis libremente ese jornal”. Da gusto tratar con gente tan generosa.

-Sigue, Proto –dice Eduardo Varela.

-“Esta actitud –dice Proto-, unida a las anormales circunstancias por las que atraviesa la zona minera y la de las fábricas, han colocado a la autoridad militar en el triste caso de hacer uso de las armas, si fuera preciso, para garantizar la libertad de trabajo e impedir que se altere el orden público”.

-¡El orden público! –dice Marcelo-. Un minero explotado, enfermo y muriendo en las minas es orden público, pero, ¡ay!, si este minero sale de su mina y se deja ver en las calles bien empedradas de la burguesía… ¡Para que un minero sea orden público ha de vivir y morir en su perrera!

La gente que ya llena la casa dice que eso es verdad, que algún día habrá que acabar con la injusticia, que nosotros sí que tendríamos que hablar de desorden público por habernos matado a un compañero. (pg. 301).

 

-No sé si a usted le gustan estos chicos, pero a ellos sí les gusta usted –dice.

-¿Cómo lo sabe? –digo.

-Veo que no suele dejar a ninguno castigado, y es buena señal, es señal de que están a gusto con usted y se están quietos. Y los de dos Juan se han contagiado y no dan lugar a castigos. ¿Sabe por qué le respetan? Porque usted les respeta a ellos. (pg. 483).

 

-¿Cómo era? Su aspecto…

-Bonita, vivaracha, pero muy seria cuando se tomaba algo a pecho. Se lió con un merluzo de Getxo que luego la abandonó con la hija, así que Teresa ya nació con la mala suerte encima… Usted, don Manuel, me preguntará qué le tenían que perdonar… Por un lado, el ser hija de soltera. ¡Las mismas gentes que vitoreaban a la madre cuando les soltaba un mitin luego dieron la espalda a la hija! ¡Mucho comerse el mundo para luego hacer lo que hace todo el mundo! Es natural que el cura y los importantes se escandalizaran de aquella hija natural y desearan que desapareciera de entre nosotros… Pero ¿qué decir de los mineros que llevaban años luchando contra las injusticias de los curas y de los importantes? ¡Eran como ellos, don Manuel, peor que ellos! (pg. 498).

 

Getxo llevaba esos cuarenta años esperando que Cristina, por fin, accediera a salir de su casa solar y los marqueses ocuparan la mansión no levantada por el esposo sino por el destino, y él –el pueblo, las gentes- pudo experimentar ese confuso orgullo de soñarse parte de esa grandeza y mostrar al mundo –con ese confuso orgullo del viejo esclavo- un universo perfecto, con todas las piezas en su sitio. (pg. 716-717).

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